Bien plantadas

Colectiva septiembre 2007

Bien plantadas

Las formas escultóricas, sobre todo aquellas que se resuelven en la puridad de configuraciones libres, estilizadas, o en la franca desnudez de la abstracción, suelen ser complejas, escurridizas, difíciles de encarar. Los planos huyen, la multiplicidad de los perfiles se anuncia inagotable e infinita -advertía al respecto una voz muy autorizada-; basta una luz, una sombra, una nube, y la tremenda obra se estremece. Todo ello es incontrovertiblemente cierto, al menos, en primera instancia. Pero las formas escultóricas son también provocadoras; las distingue un poder de seducción enorme e insondable.

Para vivir la experiencia en carne propia basta con auscultar alguna de las piezas que congrega esta exposición. Apenas nos sentimos en posesión de una perspectiva cómoda, que en apariencia la abarca porque favorece la aprehensión de lo que hasta ese instante asumimos como totalidad, cuando la esquiva condición de los volúmenes -en su imprevista alternancia de llenos y vacíos-, y la escapada de las líneas que aseguran su continuidad detrás del plano ideal que recién creímos encontrar, nos instan a desplazarnos. Por puro instinto uno tiende acercarse -se inclina, se reincorpora, retrocede un poco-, para  luego alejarse y girar, volviendo sobre sus pasos, en busca de otro punto de mira probablemente más abierto o más exacto; solo que, en ese segundo recorrido, revisitando lo que ya creíamos conocido, se nos revelan nuevos ángulos no menos inasibles.

Y si de interpretaciones se trata, más allá del goce de la estricta visualidad, el empeño puede tornarse quimérico, pero alcanzable. Los títulos suelen concurrir en nuestro auxilio como asideros nada desdeñable por lo que usualmente develan en términos de aliento e intención. Lo más prudente, sin embargo, es dejarse llevar por el soberano fluir de las ideas y fabricar las explicaciones posibles, si es que las consideramos necesarias, sabiéndolas bien arropadas bajo el fardo de las sensaciones iniciales. Probemos suerte, de nuevo frente a las obras, porque únicamente ellas pueden enseñarnos las claves de cualquier intento de comprensión.

Ante la pieza de Tomás Lara, por ejemplo, se alcanza a identificar, cual sugestiva dualidad, el eterno contrapunto entre lo industrial y lo ingénito. He aquí una propuesta que en su factura irrefutablemente virtuosa, en la altivez de la estructura y en su monocroma sobriedad,  transparenta esa importante dosis de premeditación juiciosa que distingue al escultor en la consumación del volumen controlado. Mas no tardará en asomar la acritud de la estructura, su fuerza, su  soberbia manera de implicar y someter al espacio advirtiéndonos, entonces, que es justo en esa gallardía desafiante en donde estriba lo mejor de su expresión estética.

En la vecina propuesta de Rafael Consuegra destacan, en cambio, otras cualidades. La más inmediata es la lúdicra proclividad a la insinuación de contrasentidos subyacentes en esa intrincada comunión de planchas, cilindros y tensores que arman tan singular autorretrato. Salta a la vista su oposición a toda predisposición plástica que se revele autoritaria y grave; creemos adivinar en esta obra una postura de cuestionamiento sistemático, de desenvuelta actitud de subversión ante cualquier viso de inmovilidad que se pretenda permanente.

Mientras que ante la obra de José Villa  lo que mejor se ilumina de su  voluntad escultórica  es ese rasgo brancussiano que se expresa en la indulgencia para con la materia. Villa reduce la vocación ascensional de unos lingotes poderosos haciéndolos sucumbir en tajante zigzagueo, a ras del suelo; pero el respeto por el material -el aprecio por la complexión que a cada quien le otorgó la naturaleza- le deja abierta al acero la posibilidad de expresar, libre de afeites, su táctil y admirable fortaleza.

Eliseo Valdés nos adentra, por su parte, en una sui géneris gramática constructiva con cuyos códigos ha logrado trasladar a la letra (no ya a la oración o a la palabra) la infinita potencialidad semántica del signo. La letra es pretexto plástico, pero es también metáfora de urbe y, como tal, ampara la expansión, el crecimiento y la multiplicidad de significaciones entretejidas en una hache vigorosa, que a la vez que núcleo y estructura es evocación y homenaje.

Por último, Juan Quintanilla -el único de los escultores concurrentes que prefiere el mármol en lugar de los metales- sobresale, justamente, por el largo alcance que cobran en su quehacer las evocaciones netamente sensoriales. La pieza que nos aguarda en la más retirada de las salas encanta, por la textura exquisita, la superficie tersa y reflectaria, y por el impulso erótico que irradia lo mismo de los extremos que se yerguen en promesa de abrazo, que en la hendidura central que se transmuta en útero o garganta.

También pudiésemos arriesgar una interpretación menos subjetiva, más racional, a partir de conceptos básicos, esencialistas, en gran medida afines al pensamiento de nuestros escultores: construcción espacial, materia intervenida, volumen referente, silenciosa exploración de las formas Pero aún estas ideas no estarían totalmente desprovistas de emociones que contaminen el entendimiento. Acaso vale la pena, entonces, preguntarnos (con Picasso) por qué nos empeñamos en entender el arte. ¿Por qué no prueban a entender el canto de los pájaros? -escribió el Maestro- ¿Por qué amamos la noche, las flores, todo lo que nos rodea, sin tratar de entenderlo?

Ya Guy Pérez Cisneros nos lo había avisado, que el estremecimiento que provoca en nosotros la escultura es una experiencia difícil de analizar. De todas las artes -dijo el crítico-  la escultura logró sola y espontáneamente, en todos los tiempos, lo que las demás tardaron tanto en alcanzar: lo abstracto, y por ende lo trascedendente. Antes de ser esto o aquello -ante todo y por sobre todo- sabemos enseguida, por revelación, que  la escultura es.. De ahí la inaprensibilidad, de ahí su valor no satánico, sino luciferino, prometeico. Y es verdad que éstas esculturas que hoy se exhiben en Villa Manuela están muy bien plantadas: lo desconcertante deviene, casi siempre, experiencia seductora.

María de los Ángeles Pereira
Septiembre 2007

Obras

Gramil

Tomas Vicente Lara Franquis 2007

Autorretrato

Rafael Consuegra Ferrer 2007

Fisura

José Ramón Villa Soberón 2007

Ilusión

Rafael Consuegra Ferrer 2007

Acierto

José Ramón Villa Soberón 2007

Sujetador

Tomas Vicente Lara Franquis 2007

C

Eliseo Valdés Erutes 2007

H

Eliseo Valdés Erutes 2007

Sol Coral

Juan N. Quintanilla Alvarez 2006

Vuelo

Juan N. Quintanilla Alvarez 2003

Artistas